
Este año, como hay risis, no le vamos a pedir a los reyes cosas materiales para que no se pongan en gastos.
Vamos a pedirle 3 cositas “de pensar”, que son más baratas, aunque cuestan más.
Pedido 1: Me pido buenos contenidos, buenos libros, buena música y buena tele.
Vengo escuchando que “Los contenidos son malos porque es lo que la gente pide” desde hace unos 35 años. Primero fue con la tele, luego lo “noticiable”, las pelis de Hollywood, la música de Los 40 Principales, los resultados de las elecciónes y un etcétera que atraviesa todos los “mercados” de contenidos.
Pretender que la mala calidad de los contenidos sea culpa del público es como afirmar que la gente paga más por la gasolina porque lo ha pedido.
Los contenidos son malos cuando no hay interés en que sean buenos por parte de quienes los generan. Así de simple. La gente no “pide” contenidos malos. Se ha adaptado a ellos con el tiempo, como se adapta a pagar más por lo que antes le costaba menos, como se adapta a que la calidad de los alimentos que consume sea cada vez peor. Pero insisto, no lo pide.
Y aún si fuera cierto, hay una instancia previa que deliberadamente no se tiene en cuenta, y es que, quien sirve contenidos en un mass-media, también educa y crea hábitos y gustos. Porque sobre gustos hay mucho escrito. Yo diría que casi no se ha escrito sobre otra cosa.
¿Qué pasaría si la mayor parte de los contenidos de la televisión de un país fueran de alta calidad?
¿Qué pasaría si esos contenidos aportaran información para construir juicio crítico?
¿Qué pasaría si en el propio entretenimiento ejercitáramos el pensamiento? (OJO! No hablo de memoria, ni de “Saber y Ganar”, hablo de pensamiento que es otra cosa).
Se me dirá que, si fuera así, la gente se aburriría tanto que dejaría de “consumir” televisión.
Y yo creo que eso es totalmente falso pero funciona muy bien como excusa para mantener al personal embobado.
Así que, como soy poco inteligente y no tengo capacidad de generar esos contenidos, se los pido a los reyes.
Pedido 2: Me pido que nuestros políticos dejen de ser creíbles.
La credibilidad de X es mayor que la de Y.
Con esto medimos, en gran medida, la calidad del discurso político.
¿A nadie le suena raro? A mi si.
Medimos la CREDIBILIDAD y no la VERACIDAD. Esto se traduce simplemente así:
“No importa si mientes. Lo que importa es que te crean” ó “No cuenta si has cumplido o no tu palabra, sino cuánta gente te cree y ahí radicará tu mérito”. ¿Peligroso, verdad?.
Esto está muy bien para un artista, a mí me gusta que un artista sea creíble y no veraz. Jamás le pediré veracidad. Pero a quien administra los destinos de una nación sí le pediré veracidad. Ahí es donde parece que se han invertido los roles.
Así, que como no soy ni artista ni veraz, le pido a los Reyes magos que quiten de los zapatos de nuestros dirigentes la credibilidad y dejen un poco de Veracidad.
Pedido 3: Me pido Letra sin sangre.
Hace unos meses una maestra de escuela, le dijo a mi sobrino de 8 años que ella entendía que practicar ortografía era tedioso, aburrido e infumable pero que era un mal necesario.
(Conviene aclarar que el niño, va a la escuela en Francia, es hijo de padres argentinos, es un pequeño bon vivant y habla español, francés, inglés y algo de alemán, y que evidentemente, con esa carga, tiene algunos cruces con la ortografía francesa.)
El asumir los procesos de aprendizaje como males inevitables es una gran coartada que nos comemos a diario. Es negarse al goce del aprendizaje, al perpetuo bucle que va desde la curiosidad hacia el descubrimiento y que vuelve a generar curiosidad.
Sí, evidentemente vivimos en un mundo que mide resultados. ¡Pero parece que previo a los resultados no hay vida! Hay una especie de purgatorio en el que tenemos que SUFRIR y padecer de eso que se llama aprendizaje.
Como soy incapaz de enseñar y mucho menos de divertir, le pido a los Reyes magos que les traigan a nuestros educadores la capacidad de romper ese paradigma y puedan enseñar con entusiasmo, y hasta quizás, descubrir que la letra entra mejor con cosquillas que con sangre. Que sean capaces de asimilar esa preciosa curiosidad desmedida de los humanos en edad escolar.
Y ya que estamos, que puedan aprender que puede ser tan gratificante buscar respuestas como encontrarlas, que el camino ES el viaje, tanto o más que el destino.
Andy Sparti 2012

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